Esta es la dramática y espeluznante historia de “el Betín”. Un chico confundido que sufrió mucho en su infancia, ya que a temprana edad era ultrajado sexualmente por su tío, un psicópata sexual adicto a la heroína. Su tío lo obligaba a hacerle felaciones cada quince minutos, por eso sus cuerdas vocales fueron severamente dañadas, de allí su jocosa voz. Para asegurarse que nunca lo acusase ni con su madre o la policía, lo obligaban a, al pequeño de rulos, sentarse en ladrillos calientes e introducir sus manitos en agua hirviendo.
“El Betín” tenía como tarea diaria traer veinte soles a la casa, no importaba las maneras por las cuales se valdría este muchacho insolente para conseguir las veinte monedas. Además siempre fue bruto, por eso siempre llegaba con algunas monedas falsas, por cada una de ellas su tío lo azotaba; unas diez veces trajo veinte monedas falsas, fueron los días que más lloró, fue azotado veinte veces y luego sodomizado otras veinte veces más… 
Los días pasaban, los azotes llegaban y cada noche “el Betín” era sodomizado. Cuando cumplió trece años, tenía el ano tan maltratado que su tío dejó de tener relaciones con él. Fue entonces cuando “el Betín” le paso la posta a su hermano menor “el Migvel”, una historia adyacente. “El Betín” ya no era maltratado, pero oía los gritos de su hermano menor en silencio, lloraba y se masturbaba sin razón, cuando llegaba su momento de clímax y estaba a punto de eyacular, cerraba los ojos y se veía a él mismo sodomizando a su tío, escupiéndolo y diciéndole lo mucho que lo odiaba y, por qué no, lo mucho que extrañaba sus caricias y golpes.
“El Betín” cayó en el submundo de la drogadicción: fumaba marihuana y PBC; inhalaba terokal y aspiraba cocaína. El alcohol ya no era suficiente para borrar sus heridas y sus recuerdos de infancia. Huyó de su casa, dijo adiós a su querido Ate-Vitarte y se consiguió un refugio en Santa Anita. Fue cuando conoció a “Chowen”. Rápidamente se hicieron buenos amigos, muy íntimos, llegaron a estar pero una pelea tonta los separó…
Con “Chowen” conoció la felicidad y experimentó el amor por primera vez. Salían a pasear por toda Lima, se ponían a hacer piruetas en los semáforos, vendían golosinas y asaltaban a incautos, borrachines y mujeres embarazadas. El amor los llenaba de felicidad, las drogas no paraban de llegar, “el Betín” nunca había sido tan feliz en toda su vida. Pero llegó una mala noticia, su tía falleció. Fue al funeral con su amante.
Volvió a ver cara a cara al hombre que había abusado de él toda su infancia.
Su tío lo abrazó. Le pidió perdón llorando. “el Betín” se había convertido en un ser sin sentimientos. No dijo ni una sola palabra. “Chowen” lo cogió por detrás y lo alejó de su tío que aún lloraba y moqueaba, empezó al balbucear: tengo SIDA hijo. “Chowen” no era cojudo y por eso se quedó mudo. Nunca habían usado un puto condón. Todos en la sala se quedaron en silencio. Pasó un tiempo que pareció eterno. Todos siguieron haciendo lo que estaban haciendo. “Chowen” soltó a “el Betín” y salió corriendo, dejándolo caer de espaldas al piso.

“El Betín” estaba desconcertado y su cara no fingía nada. Era un sidoso, un perro sidoso, un perro sidoso homosexual. Un perro sidoso homosexual que había sido violado y contagiado por su propio tío. Se puso de pie y salió en busca de “Chowen”… Nunca más los volví a ver…
Los días pasaban, los azotes llegaban y cada noche “el Betín” era sodomizado. Cuando cumplió trece años, tenía el ano tan maltratado que su tío dejó de tener relaciones con él. Fue entonces cuando “el Betín” le paso la posta a su hermano menor “el Migvel”, una historia adyacente. “El Betín” ya no era maltratado, pero oía los gritos de su hermano menor en silencio, lloraba y se masturbaba sin razón, cuando llegaba su momento de clímax y estaba a punto de eyacular, cerraba los ojos y se veía a él mismo sodomizando a su tío, escupiéndolo y diciéndole lo mucho que lo odiaba y, por qué no, lo mucho que extrañaba sus caricias y golpes.
“El Betín” cayó en el submundo de la drogadicción: fumaba marihuana y PBC; inhalaba terokal y aspiraba cocaína. El alcohol ya no era suficiente para borrar sus heridas y sus recuerdos de infancia. Huyó de su casa, dijo adiós a su querido Ate-Vitarte y se consiguió un refugio en Santa Anita. Fue cuando conoció a “Chowen”. Rápidamente se hicieron buenos amigos, muy íntimos, llegaron a estar pero una pelea tonta los separó…
Con “Chowen” conoció la felicidad y experimentó el amor por primera vez. Salían a pasear por toda Lima, se ponían a hacer piruetas en los semáforos, vendían golosinas y asaltaban a incautos, borrachines y mujeres embarazadas. El amor los llenaba de felicidad, las drogas no paraban de llegar, “el Betín” nunca había sido tan feliz en toda su vida. Pero llegó una mala noticia, su tía falleció. Fue al funeral con su amante.
Volvió a ver cara a cara al hombre que había abusado de él toda su infancia.
Su tío lo abrazó. Le pidió perdón llorando. “el Betín” se había convertido en un ser sin sentimientos. No dijo ni una sola palabra. “Chowen” lo cogió por detrás y lo alejó de su tío que aún lloraba y moqueaba, empezó al balbucear: tengo SIDA hijo. “Chowen” no era cojudo y por eso se quedó mudo. Nunca habían usado un puto condón. Todos en la sala se quedaron en silencio. Pasó un tiempo que pareció eterno. Todos siguieron haciendo lo que estaban haciendo. “Chowen” soltó a “el Betín” y salió corriendo, dejándolo caer de espaldas al piso.
“El Betín” estaba desconcertado y su cara no fingía nada. Era un sidoso, un perro sidoso, un perro sidoso homosexual. Un perro sidoso homosexual que había sido violado y contagiado por su propio tío. Se puso de pie y salió en busca de “Chowen”… Nunca más los volví a ver…



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